¿Cómo vencer la violencia? (I)

En el artículo “Prohibición, violencia y dogmatismo” sostuve que la mera legalización de las drogas no permitiría superar el grave problema de la violencia en México , de la misma manera en que dejar de fumar no le va a devolver la salud al enfermo de cáncer de pulmón.

Propuse entonces que sin renunciar al reclamo de la legalización de las drogas, el remedio a la violencia está en fortalecer el estado de derecho. ¿Pero que significa fortalecer el estado de derecho en el momento actual?

Para responder a ello lo primero es comprender la naturaleza del mal que aqueja a México, pero tal clarificación a su vez requiere previamente entender lo que NO está ocurriendo.

La mitología izquierdista de la violencia

La narrativa más popular sobre lo violencia en México es la de la izquierda: la matanza tiene como causas estructurales la prohibición de las drogas y el aumento de la pobreza que nos impuso el neoliberalismo y, como causa coyuntural, la decisión del presidente Felipe Calderón de declararle la guerra al narcotráfico.

Incluso fuera de la izquierda, en el campo liberal, esta visión es socorrida. Por ejemplo, en su artículo “Una nueva muerte en la guerra contra las drogas” publicado por The Wall Street Journal, Mary Anastasia O'Grady dice:

“México tiene la mala suerte de situarse al lado de este lucrativo mercado. Tampoco ayuda que una vez que las drogas cruzan la frontera parecen llegar a los consumidores con facilidad. Como me dijo el entonces alcalde electo de Ciudad Juárez, Héctor Murguía, en una entrevista realizada en su casa el año pasado: “Necesitamos preguntarle a Estados Unidos cómo son un país en calma a pesar del alto nivel de consumo”. O, para decirlo con menos delicadeza, quizás los jefes de los carteles lo arriesgan todo en la frontera porque saben que desde Mc Allen, en Texas, hasta Seattle, tienen el camino despejado.”

“(…) ¿Por qué debería pedírsele a los mexicanos que den sus vidas porque los estadounidenses tienen un apetito voraz por estas sustancias? Calderón ha hecho poco para plantear esta pregunta. En cambio, dice que la guerra se justifica porque ahora el consumo es un asunto a considerar en México. Pero los datos mexicanos no respaldan tal afirmación, como el ex ministro de Relaciones Exteriores de México, Jorge Castañeda, escribió en un trabajo publicado el 6 de marzo por el Instituto Cato. “Los usuarios de drogas se han incrementado de 307,000 a 464,000 en los últimos siete años (entre 2002 y 2008), lo que en un país de 110 millones de habitantes no equivale a un enorme problema de droga”, escribió Castañeda.

Esta visión se sustenta en varias falacias, de las que aquí cabe destacar cuatro: que a los narcotraficantes no son perseguidos en Estados Unidos; que el gobierno de Calderón ha desatado la más grande lucha jamás habida contra el narcotráfico y que en México el problema de consumo es insignificante, mientras el apetito de los estadounidense por las drogas no deja de crecer.

Resulta sorprendente que alguien informado pueda sostener que en Estados Unidos se tolera a los narcotraficantes. Precisamente uno de los argumentos más frecuentes de quienes se oponen a la guerra a las drogas en el país vecino, es que millones de personas se hayan visto privadas de la libertad por narcotráfico, un delito sin víctima (y que por ende no es un verdadero crimen). En Estados Unidos cada año alrededor de 1.6 millones de personas son detenidas con relación a las drogas y hay poco más de 1.5 millones de individuos en prisión (la población carcelaria más grande del planeta), de los cuales más del 20% lo están por narcotráfico

En 2010 había en México 23,190 reos sentenciados por delitos del fuero federal, en su mayoría por narcotráfico, cifra que representa una tasa de 21 internos por cada 100 mil habitantes. En ese mismo año había en Estados Unidos aproximadamente 365 mil reos sentenciados por narcotráfico, cifra que representa una tasa de 121 internos por cada 100 mil habitantes: 6 veces más que en México ¿Puede alguien sostener entonces que el país vecino se tolera el narcotráfico, mientras que la carga de su combate se traslada a México?

Si con tales tasas de encarcelamiento el narcotráfico subsiste no es ello evidencia de que Estados Unidos simule la guerra a las drogas, sino que tal guerra además de intrínsicamente inmoral es un completo fracaso.

La patraña del escobazo al avispero

La segunda falacia reza que el gobierno de Calderón ha desatado la más grande lucha jamás habida contra el narcotráfico y que por ello los capos habrían reaccionado con violencia sin precedentes.

En realidad el gobierno de Calderón no ha hecho contra el narcotráfico – como negocio criminal- más que los gobiernos anteriores: el 90% de la cocaína que se consume en Estados Unidos sigue pasando por territorio mexicano; la producción de heroína, marihuana y meta-anfetaminas sigue al alza; el narco-menudeo sigue creciendo sin freno. No hay el menor indicio de que el negocio del narcotráfico se haya visto desarticulado, ni mucho menos.

Se habla de grandes aseguramientos de drogas, cuando que en otras administraciones ha habido equivalentes. Se habla también de captura de capos, cuando que también hubo sus equivalentes en otros sexenios.

Por tanto la afirmación de que los narcos reaccionan con violencia porque el gobierno los perjudica más que nunca es falaz, porque, primero, su premisa y su base empírica es falsa y, segundo, porque carece de la más elemental lógica: ¿qué sentido tiene eso de que como el gobierno me persigue más que antes entonces masacro más a mis rivales en lugar de hacerlo contra quien está (supuestamente) destruyendo mi negocio?

Es cierto que agentes del orden están siendo asesinados más que nunca, pero la mayor parte de los asesinatos no son contra policías o soldados, sino contra sujetos ligados de un modo u otro al narcotráfico (además de un creciente número de personas inocentes).

Además, la relación causa-efecto que se pretende establecer entre mayor combate al narcotráfico y mayor violencia, no es verdadera ni local ni universalmente. En los años setenta mediante la Operación Cóndor el gobierno de México casi erradicó la producción de heroína que acaparaba el 70% del mercado estadounidense, sin que por ello se desatara una ola de violencia siquiera cercana a la presente.

En 1989 fue detenido Miguel Ángel Félix Gallardo, entonces el máximo capo; en 1990 lo fue Amado Carrillo, que en pocos años se convertiría en máxima cabeza del narco y en 1995 fue capturado Juan García Ábrego, el capo más consentido del sexenio de Carlos Salinas. En ninguno de estos casos en represalia los narcos hicieron un solo disparo.

En Colombia en los últimos 9 años se lograron los más grandes decomisos de droga de la historia y la producción de heroína casi desapareció (hace una década era mucho más importante que la de México). Pero la violencia homicida lejos de dispararse no ha cesado de disminuir en forma sostenida.

Conociendo México al estilo Carlos Fuentes

La tercera falacia, la de que no existe un problema de consumo de drogas en México sólo se puede sostener si se cierran los ojos a la realidad cotidiana. Hace 15 años ni siquiera existía el término “narco-tienditas”. Hace 10 años eran miles esos puntos de venta de drogas y ahora se cuentan por decenas de miles.

Los datos de las supuestas encuestas sobre adicciones que Castañeda utiliza, carecen de veracidad e incluso de verosimilitud. Según la encuesta de adicciones de 2002, el número de adictos bajó en comparación de 1998 ¡cuando crecían las “narco-tienditas” como hongos por todo el país!

Mucho más interesante que las falsas encuestas sobre adicciones, son los datos que originalmente el gobierno no buscaba trascendieran a la opinión pública pero que terminaron por trascender, como los siguientes de los cuales informó el periódico Reforma del 11 de enero de 2007 (“Es México tercero en uso de cocaína”):

“México ocupa ya el tercer lugar mundial en consumo de cocaína, por debajo de Estados Unidos y Brasil, aseguró el Procurador General de la República, Eduardo Medina-Mora.

Durante su exposición ante el cuerpo diplomático mexicano el lunes pasado -la cual reconstruyó REFORMA con la versión de distintos asistentes-, el funcionario señaló que el año pasado se consumieron en México 80 toneladas del alcaloide.

Esta cifra, indicó Medina-Mora, “es resultado de un crecimiento del 20 por ciento anual en el consumo per cápita durante los últimos 11 años”.

De modo que resulta sorprendente que se pretenda negar la evidencia del agravamiento del consumo en México que nos asalta cotidianamente. Reconocer esa realidad no significa validar en lo más mínimo la prohibición y la guerra a las drogas, pero igualmente en nada beneficia a la causa de la despenalización propalar datos erróneos o francamente falsos.

Y eso nos conduce a desmontar otra falacia más, la del crecimiento explosivo del consumo de drogas en Estados Unidos. La verdad es que mientras en México el consumo se dispara, en el país vecino se mantiene la tendencia decreciente que ya lleva casi 3 décadas. Por ejemplo, según el Informe Mundial de las Drogas 2010 de Naciones Unidas, mientras que en 1988 los estadounidenses consumieron unas 660 toneladas de cocaína, en 2008 consumieron 165, tras de bajas paulatinas todos los años intermedios.

Y por cierto, esta nada despreciable baja en la prevalencia del consumo de drogas en Estados Unidos no fue resultado de las “guerra a las drogas” o de programa gubernamental alguno, sino de un cambio cultural gestado desde lo hondo de la sociedad estadounidense cuyos pilares han sido el reavivamiento religioso, el “culto al cuerpo” y en general una actitud más responsable y menos complaciente hacia estas sustancias psicoactivas hoy prohibidas.

Si el consumo de drogas en Estados Unidos fuera el determinante de la violencia en México, entonces a mediados de los ochenta tendría que haber habido mucha más violencia que ahora y por supuesto que no la hubo, aunque Castañeda sostenga lo contrario sin la menor evidencia.

La Caja de Pandora de la tolerancia a la violencia

De modo que si la violencia que afecta a México no se debe al (inexistente) aumento del consumo de drogas en Estados Unidos ni al endurecimiento de la prohibición (endurecimiento que sólo existe en la fantasía) ¿entonces a que responde?

Respuesta: La violencia es resultado de una acentuada debilidad del Estado mexicano y de su incapacidad para garantizar el orden y la seguridad pública. Esta crisis, que no es transitoria ni localizada, presenta el riesgo de que conduzca al país a una situación caótica, a una “condición de Estado fallido” como dice José Antonio Ortega (“México, ¿rumbo al Estado fallido?”, Planeta, 2010).

Para aproximarnos a este enfoque quepa recordar lo que cuenta otra de las narrativas de moda: antes no había matanzas porque los gobiernos priistas controlaban el narcotráfico, pero como ahora ya no hay pactos con el crimen la violencia se desató. Lo primero es cierto, lo segundo es fábula y sobre todo porque lo que quieran o dejen de querer los agentes del Estado ha pasado a ser secundario: en la última década los capos ya no se asumen empleados de nadie y más bien ellos se suponen amos de los políticos y los policías a los que sobornan.

Este proceso de autonomización de los narcos se inició en los noventa y tuvo como catalizadores la corrupción extrema y la decisión política de dejar que los narcos se mataran entre sí. Este proceso se dio por primera vez  de manera clara en Juárez, Chihuahua. Ahí un grupo criminal se propuso arrebatar a otro el control de la “plaza” mediante el exterminio de los rivales A finales de los noventa el nuevo grupo había logrado su propósito, tras dejar un reguero de más de mil cadáveres. Luego la situación se replicó en otros puntos del país. El gobierno ni siquiera intentó impedir estas matanzas.

Al tolerar que grupos criminales recurrieran a la violencia extrema, mientras las fuerzas del orden se quedaban con los brazos cruzados, los políticos y burócratas del sistema de justicia penal abrieron una auténtica Caja de Pandora, aunque lo hicieron sin darse cuenta.

El problema es que ahora, aun cuando de veras quisieran devolver el genio a la botella, éste se niega a entrar. O dicho con otra metáfora: el agujero que irresponsable e innecesariamente hicieron es ya un gran boquete, que no deja de crecer y amenaza con resquebrajar toda la pared de la represa.

Y para seguir con la metáfora, la pared de la represa ante de ser agujereada ya de por sí era muy débil, pues la reforma al sistema de justicia penal que ya era indispensable hace 30 años, se ha continuando eludiendo.

El Estado, decía Weber, se distingue de cualquier otra institución porque reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia. De modo que al haber cedido parte de ese monopolio, políticos y burócratas del sistema de justicia penal debilitaron al Estado en lo único que no nos conviene que NO sea débil y sembraron las semillas del Estado fallido, semillas que germinan a velocidad vertiginosa.

Y si la postura laissez faire, laissez passer ante la violencia del narco no fuera demasiado, considérese adicionalmente la historia menos conocida -pero igualmente cierta- de la claudicación del Estado mexicano ante el terrorismo.

En México no hay unas FARC, pero el terrorismo existe. Durante 2 décadas grupos terroristas han cometido más de 200 secuestros (el más reciente fue el de Diego Fernández) por los cuales han obtenido unos 150 millones de dólares. ¿Cuántos detenidos hay por estos plagios? No más de una docena, capturados casi por casualidad, porque desde hace 20 años la consigna ha sido no aplicar la ley a los terroristas, conforme a consideraciones políticas, a cual más ridícula y ratonil.

En Guerrero un grupo terrorista, el ERPI (Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente) ha entrado a la “narco-guerra”, en el bando contrario al del Cártel de Sinaloa. La temida perspectiva de que en México se liguen terrorismo con ideología y narco ha dejado de ser una posibilidad teórica, para convertirse en una realidad fáctica.

El negocio es la violencia, no las drogas

La tolerancia a que los narcos se mataran entre sí, tuvo otras ominosas consecuencias, aparte del disparo de los asesinatos. Los capos además de comprender que no tenían porque ser subordinados de políticos y policías corruptos y que podían confiar en su propia capacidad de violencia, terminaron de descubrir que su negocio en realidad no era el contrabando de drogas.

Si bien el de la violencia es el principal monopolio, no es el único que caracteriza al Estado. Tan importante como el primero es la capacidad de imponer exacciones.

Entonces, los capos han ido descubriendo que su capacidad de violencia no tiene porque limitarse a mantener el control del mercado clandestino de drogas y que pueden obtener rentas criminales más allá de su giro criminal tradicional. En otras palabras: el botín ya no es la renta que resulta de la adicción y su prohibición, el botín es el país entero.

Primero se apoderaron del tráfico de personas, después de la “piratería” y se han extendido al hurto de combustible de PEMEX, al robo de vehículos y al secuestro. Pero el giro criminal más prometedor es la extorsión, el cobro periódico de “cuotas” a todo aquel que se pueda esquilmar. Decenas de miles, quizás cientos de miles ya padecen este impuesto ilegal.

Por eso, aún en el caso de la despenalización de las drogas las organizaciones criminales seguirían controlado el narcotráfico mediante la violencia. Y aún si el narcotráfico dejara de ser negocio, estaría ese otro giro criminal que es la extorsión, el cual podría reportar ganancias equivalentes a las del tráfico de drogas: algo así como el 1.5% del PIB. Y para obtener un botín así los grupos criminales no van dudar – y de hecho no dudan ya- en perpetrar una matanza como la de los últimos 10 años y que ya ronda las 50 mil vidas.

A eso, a la acción de las organizaciones criminales que compiten por el monopolio estatal de la violencia  y de las exacciones es a lo que nos enfrentamos.