El Ejército y los atropellos de la SSC en Naucalpan

En apariencia una de las cosas en las que existe mayor consenso en México es sobre que el Ejército regrese a sus cuarteles. La izquierda radical está en la primera línea de esta postura, aunque no se conformaría con eso, por supuesto.

Quisiera ver a miles de militares tras las rejas en prisiones comunes (en donde estarían inermes ante los criminales que persiguieron) y hasta los Presidentes que han recurrido al apoyo castrense en seguridad pública.

Por supuesto los integrantes de los grupos criminales desean que los militares se retiren, para poder operar sin obstáculos.

Sería muy interesante levantar encuestas en los lugares en los que soldados y marinos cumplen labores de seguridad pública, porque las policías locales están coludidas con los grupos criminales. Anticipo que la gran mayoría de los habitantes se opondrán a que soldados y marinos se marchen, porque saben exactamente lo que ello significará.

Por supuesto los militares no deben estar, en forma permanente, en tareas de seguridad pública. Su función es otra y debió recurrirse a su apoyo ante la emergencia por la violencia y expolio de los grupos criminales.

Para que el ejército regrese a sus cuarteles el camino es simple: que haya policías íntegras y eficaces, ahí donde los militares han tenido que intervenir.

Pero de eso nada dicen los profesionales del linchamiento contra el ejército. Si de veras estuvieran interesados en resolver el problema increparían a los gobernantes que no han creado las condiciones para que los militares se retiren.

Ejemplo de la policía que padecemos son los abusos cotidianos que cometen integrantes de la Secretaría de Seguridad Ciudadana en el Estado de México.

Personalmente pude observar durante tan sólo 10 minutos como detenían a jóvenes trabajadores que esperaban su transporte en la colonia “10 de Abril”, en el cruce de Calzada de las Armas y San Isidro. Prepotentes con sus metralletas y pistolas en las manos los pusieron contra la pared y los esculcaron, sin que hubiera flagrante delito, sin orden de aprehensión.

En tanto, los verdaderos delincuentes operan impunes y protegidos.

De esto tampoco nada dicen los linchadores del ejército, ni la Comisión de los Derechos Humanos del Estado de México.