Linchando a las fuerzas del orden

No tardaron en surgir versiones de que la muerte de 42 presuntos delincuentes en Tanhuato, Michoacán el 22 de mayo no fue resultado de un enfrentamiento con la Policía Federal, sino de una masacre, de ejecuciones extrajudiciales cometidas por agentes de esa corporación.

Las versiones sobre la supuesta masacre provienen tanto de familiares de los presuntos delincuentes abatidos como de usuarios de redes sociales, que presentan los hechos de Tanhuato como una réplica de las ejecuciones extrajudiciales habidas en Tlatlaya, México, el 30 de junio de 2014.

Por supuesto no puede descartarse de entrada que haya habido ejecuciones extrajudiciales, pese a la evidencia de un duro enfrentamiento –por horas- en Tanhuato. Matar a presuntos delincuentes que ya están sometidos siempre será un crimen inadmisible por todas las razones. Pero si hubiera que escoger una sola sería esta: los agentes del orden que hoy cometen estas atrocidades serán los sicarios de mañana.

Las investigaciones deberán dilucidar más allá de toda duda razonable que en Tanhuato se usó la fuerza en forma legítima. Y esto, por cierto, nada tiene que ver con los saldos no “desproporcionados” que algunos piden en los operativos de las fuerzas del orden, como si se tratara de duelos o justas deportivas.

Pero además de las investigaciones y en su caso castigo para quienes hayan cometido abusos, la manipulación del evento en el municipio michoacano confirma la existencia de una campaña contra las fuerzas del orden. Los mismos que hoy basados en conjeturas acusan que en Tanhuato se repitió la masacre de Tlatlaya, son los que han construido la gran patraña de que fue el gobierno federal el que mató a 49 personas en Iguala, los días 26 y 27 de septiembre de 2014.

Y este tipo de campañas tienen efectos nefastos. Entre enero y agosto de 2014 el ejército rescató a un promedio mensual de 130 víctimas de secuestro, pero el promedio mensual cayó a 22 entre septiembre y diciembre, tras de la campaña de linchamiento desatada en su contra por las atrocidades de Tlatlaya, como si todos los soldados las hubieran cometido.

Con el linchamiento ganan los linchadores, sus mandantes y los criminales; pierden las víctimas del delito, pierde la sociedad.