¿Qué tal si a la narcoviolencia se suma la guerrilla?

El grupo terrorista que secuestró a Diego Fernández de Cevallos reivindicó su acción criminal y la justificó ideológica y políticamente. Esta es la primera vez que una formación subversiva admite un secuestro desde 1985.

Pero el que los secuestros no hayan sido reivindicados, no significa que los grupos terroristas no los cometieran. De hecho en lo últimos 22 años han cometido unos 200 y así han obtenido un botín de alrededor de 150 millones de dólares.

En septiembre de 2007 el periódico The New York Times publicó el reportaje “Con bombardeos, rebeldes mexicanos escalan su lucha”, en el cual se cita a un alto funcionario del gobierno mexicano, quien informa que desde 1999 y hasta entonces los grupos terroristas habían cometido 88 secuestros.

Por eso, cuando en noviembre de 2008 me reuní con el Presidente de Colombia, Álvaro Uribe y ante él Vicente Fox negó la existencia de terrorismo en México, no dudé en desmentir -con datos en la mano- al ex presidente mexicano.

Hay dos cosas que tienen en común casi todos los secuestros cometidos por terroristas en México durante más de dos décadas: su modus operandi y su impunidad. Solamente los supuestos autores de ocho de los 200 secuestros han sido detenidos (casi por casualidad) y sentenciados. Impunes están los plagios de Joaquín Vargas Guajardo o el de Alfredo Harp Helú, pero también el más reciente de Eduardo García Valseca, quien padeció un infierno inimaginable durante más de siete meses de cautiverio, entre junio de 2007 y enero de 2008.

Eduardo ha sostenido que los mismos quienes lo plagiaron a él, plagiaron a Diego Fernández y que estos pertenecen a la Tendencia Democrática Revolucionaria (TDR), una escisión del Ejército Popular Revolucionario (EPR). Esta organización terrorista -que desde marzo de 2009 admite cometer plagios- negó haber secuestrado a García Valseca y culpó a la policía. La palabra de secuestradores confesos no es la verdad revelada, claro está, pero la posibilidad no se descarta: la impunidad engendra los peores monstruos.