El papel de los ciudadanos: ¿qué funciona en la prevención de la drogadicción?

El Presidente Felipe Calderón anunció que la tercera parte de los 205 millones de dólares asegurados semanas atrás en una casa de narcotraficantes, se destinarán a programas para prevenir la drogadicción, como un componente de la lucha contra el narcotráfico.

El que se destinen 68 millones de dólares o más de 700 millones de pesos adicionales a prevenir la adicción a las drogas es una buena noticia. Pero la mala es que si los tomamos en su conjunto tanto los programas públicos como privados puestos en práctica en la materia, debemos admitir que han fracasado.

Y la prueba fehaciente del fracaso es el aumento del número de adictos, el crecimiento explosivo del narco-menudeo y la mayor violencia entre los traficantes que se disputan un mercado interno en auge.

En el mundo entero se sigue debatiendo cuales son las medidas que funcionan para prevenir las adicciones. No hay muchas certezas en este campo, excepto respecto a lo que definitivamente no funciona. No han funcionado las campañas publicitarias con sus spots en televisión o en radio, sus festivales musicales y sus sermones. Poco ha servido que en algunas escuelas se hable en clases sobre el asunto. Menos aún han funcionado los consejos paternales que toman con desdén los adolescentes en plena búsqueda de su autonomía personal.

Los jóvenes que se convierten en adictos creen más a otros jóvenes o a adultos capaces de manipularlos en contra de sus padres. Considérese el ejemplo, si bien no directamente relacionado con la drogadicción, de la “revolución cultural” de China, en la que los esbirros del anciano genocida Mao Zedong movilizaron a millones de adolescentes para masacrar a cientos de miles de adultos mediante la explotación del inveterado conflicto generacional.

Si, por ejemplo en Estados Unidos, hubo importantes progresos en la reducción de la tasa de prevalencia de consumo habitual de drogas, fue porque desde la sociedad se produjo un cambio cultural. No fue la campaña “Di no a las drogas” la que hizo la diferencia, sino una percepción social de que las drogas no eran algo divertido e inocuo como decían las gurús contra-culturales de los años sesenta y setenta. Jóvenes, pero sobre todo quienes habían dejado de serlo, empezaron a observar de manera muy cercana a su percepción cotidiana los estragos que las drogas hacían.

A través de esa comunicación horizontal y no de la vertical de los medios masivos de comunicación o del gobierno, se fue propagando la noción de que las drogas eran malas... aun si uno estaba en contra del sistema.

El efecto fue menor en las nuevas generaciones porque no vieron tan directamente cercanas las consecuencias del abuso. Los consejos y los sermones de los adultos no les dicen mucho. No ven las consecuencias, tras largos años de consumo, de drogas como el éxtasis, las meta-anfetaminas, la mariguana o la cocaína. Además aún prevalece una gran tolerancia social hacia la principal droga de inicio (y nuestro principal problema de drogas): el alcohol.

Respecto a estas formas de comunicación y aprendizaje es pertinente considerar la evaluación que expertos del Instituto Nacional de Justicia hicieran sobre programas de prevención del crimen, específicamente de aquel que consistía en llevar a jóvenes a visitar las prisiones con propósitos disuasivos. El programa fue un absoluto fracaso, porque lo que los visitantes veían no era a personas sufriendo, sino a delincuentes sonrientes, haraganeando y en actitud desafiante.

Algo similar ocurre con los programas de prevención de las adicciones. Maestros, trabajadoras sociales o instructores hablan a los jóvenes de experiencias distantes. Muy otra cosa sucede en la dinámica de asociaciones tan prestigiadas como Alcohólicos Anónimos, donde adictos en rehabilitación rehabilitan a otros adictos y les hablan de sus experiencias de la forma más descarnada y conmovedora.

Han existido diversos enfoques sobre prevención, como aquel que trata las adicciones como epidemias, donde los traficantes son “gérmenes”, el medio social el caldo de cultivo, los potenciales adictos personas susceptibles de ser infectadas y su estructura psicológica como un sistema inmunológico que puede ser fuerte o débil. La analogía es interesante pero no aporta mucho a la hora de las medidas profilácticas concretas.

Otro enfoque, mucho más basado en la experiencia, es el que busca vencer las resistencias de los jóvenes ante el discurso adulto mediante los “líderes de pares”. Por estos se entiende a jóvenes que por distintas razones ejercen un liderazgo moral sobre sus pares. No se trata del típico alumno consentido del maestro, ni del hijo sumiso, sino de de jóvenes que destacan, son admirados por los demás y que suelen ser rebeldes (constructivos) e irreverentes. Estos líderes debidamente encaminados - pero sin perder sus espontaneidad - pueden ser de gran utilidad para neutralizar a los agentes nocivos, porque, como ellos, han vencido las resistencias de los jóvenes, operan del otro lado de las líneas para usar un alegoría militar.

Por otro lado existe un prejuicio muy extendido acerca de la rehabilitación, que consiste en no considerarla preventiva. Se trata de un trasplante de los mitos de la prevención primaria del crimen a la prevención de las adicciones. Por supuesto que la rehabilitación de los adictos ayuda a prevenir las adicciones, porque precisamente en la estructura del narcotráfico el nivel más bajo, el que tiene contacto con los clientes últimos, está constituido por adictos, que son los más fervorosos promotores de las drogas. Cada adicto rehabilitado equivale a cuando menos reclutas potenciales.

Respecto a la rehabilitación las experiencias de éxito son mayores. Por lo regular el éxito se basa en una combinación de desintoxicación, sustitución de gradual de drogas ilícitas con fármacos, terapia psicológica y el indispensable ingrediente de la terapia orientada a la dimensión espiritual, como es el caso de Alcohólicos Anónimos.

El caso es que en materia de prevención de adicciones estamos en pañales y lo estamos con el resto del mundo. Entonces, lo sensato sería asumirlo y proceder a evaluar con rigor científico que funciona, que no funciona y que promete en la prevención de la adicción a la drogas en los programas hoy existentes, para conforme a la evidencia científica apoyar a lo que sirve y desechar lo que no.

El mencionado Instituto Nacional de Justicia, por mandato del congreso estadounidense, evalúa en forma sistemática la pertinencia de los diferentes programas de prevención del delito que son financiados con fondos públicos. Para todos los casos se procede, según los principios de experimentación controlada y observación, a dar puntual seguimiento de la conducta de una muestra representativa de individuos sometida a determinado programa y de otra que no lo está.

De este modo se logra establecer si los cambios responden a las bondades del programa o si se trata de resultados azarosos y no concluyentes.

Eso es lo que hay que hacer con todos los programas, ya sean públicos o privados de prevención de la adicción a las drogas. Estos es lo que los ciudadanos debemos exigir al gobierno y debemos exigirnos a nosotros mismos como padres, como maestros, como personas preocupadas por la plaga que se nos ha venido encima.

De lo contrario seguiremos en el pantano de la simulación o en el deambular de los ciegos en el desierto...