Una policía que no es modelo

Según los asesores estadounidenses y el oficial de marina mexicano que fueron baleados el viernes 24 de agosto en Huitzilac, Morelos, los agentes de la Policía Federal que los agredieron abrieron fuego sin mediar palabra, los embocaron.

Según los 12 agentes detenidos, ellos dispararon repetidamente contra sus víctimas, que viajaban en una camioneta blindada, porque las confundieron con supuestos secuestradores.

Cualquiera de las dos posibilidades es pésima. En el primer caso los agentes federales habrían intentado asesinar a los estadounidenses y el mexicano al parecer por encargo de jefes del narcotráfico, que se suponían vigilados. En el segundo caso los policías abren fuego contra civiles sin más ni más: matan, después averiguan.

El incidente no es aislado, sino parte de una cadena, que incluye la balacera en pleno aeropuerto internacional en la ciudad de México entre policías federales, en la que perdieron la vida tres de ellos. Como tampoco es un hecho aislado que un comisionado de la Policía Federal, Gerardo Garay, haya sido encarcelado por sus nexos con los grupos criminales.

En cualquier caso la federal, no es la policía modelo que la actual administración ha querido vender. Esta corporación expresa en primer lugar el fracaso gubernamental para controlar la violencia y el crimen.

Y aunque a esta corporación se le puedan atribuir éxitos, estos resultan dudosos. En Juárez, Chihuahua, por ejemplo, es cierto que con la captura de Antonio Acosta "El Diego", máximo jefe de sicarios en el lugar, la violencia inició un innegable descenso. Pero lo que no queda claro es si con la intervención de la Policía Federal se empezó a restablecer el estado de derecho en Juárez o si un grupo criminal se impuso a otro.

En la Policía Federal hay servidores públicos honestos y talentosos. El problema ha estado en la conducción misma del Secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna. Pero tampoco está la raíz última, sino ante la política seguida por los gobernantes de sostener en sus puestos a los jefes policiales, no por su desempeño y resultados en el control del crimen, sino por su incondicionalidad. Si esa política persiste la inseguridad no será superada y, por el contrario, se agravará.