Violencia, ideología, mal gobierno

Si exceptuamos las zonas del mundo donde hay guerra, América Latina sigue siendo la región que en términos generales presenta los más elevados niveles de violencia, en particular de su forma más extrema que es el homicidio.

No puede pasar desapercibido que en la mayor parte de la región y durante la mayor parte de lo que va del siglo ha sido gobernada por políticos de izquierda. Hoy por hoy el país más violento del mundo (105 homicidios por cada 100 mil habitantes) es El Salvador gobernado por los ex guerrilleros del FMLN y el segundo más violento (80 por cada 100 mil habitantes) es Venezuela gobernado por los chavistas. Brasil es el país con el mayor número de ciudades entre las más violentas del mundo: 19 de 50.

Pero igualmente hay países gobernados por socialistas como Nicaragua, Ecuador o Bolivia que no presentan los niveles de violencia como los antes señalados. Pero este matiz a su vez debe ser matizado: la situación de los tres países primeramente mencionados opaca la menos grave de los señalados en segundo lugar.

Elevados niveles de violencia ya los había antes de que la izquierda se hiciera del poder. El punto es qué ha hecho cada gobierno ante el problema de la violencia. En El Salvador la ideología de los gobernantes impuso sucias negociaciones con los jefes de las maras. Al final, como todo pacto con criminales, éste no se honró y la violencia se desbocó.

En Venezuela ante la delincuencia en veloz ascenso desde hace 15 años, los chavistas optaron por la negligencia y la propaganda, concentrados en imponer el socialismo del siglo XXI.

Caso diferente es el de la capital de México, gobernada por la izquierda desde hace 17 años. La ola de violencia que azotó al país a partir de 2008 apenas la tocó.

Y en el DF lo que ocurrió es que los gobernantes, pese a su ideología, fueron tan pragmáticos como para aplicar políticas de “derecha” para controlar al crimen, así fuera a regañadientes. Pero no lo hicieron por iniciativa propia sino ante una enorme presión ciudadana.

Esas políticas de “derecha” son las únicas que pueden superar la violencia en Latinoamérica. En principio puede aplicarlas todo gobierno sin importar su ideología, pero los más reacios a hacerlo son los gobernantes socialistas.