Cuando veas las barbas de Yarrington cortar...

Tomás Yarrington ha sido un político astuto, carente del menor escrúpulo –ahora se confirma- y ejemplo de impunidad.

Cuando el PRI perdió el poder en la elección presidencial de 2000, Yarrington taimadamente se adaptó a las circunstancias. Sin romper con su partido negoció con políticos panistas y en 2006 -aunque ya no era gobernador de Tamaulipas- tuvo un papel decisivo en la promoción del “voto útil” en favor de Felipe Calderón.

Yarrington, a decir de las autoridades de justicia de Estados Unidos que ahora lo persiguen, habría tenido participación en el asesinato del candidato priista a gobernador, Rodolfo Torre Cantú. Yarrington al parecer creía que mientras más encubrimientos intercambiara y más atrocidades cometiera, más invulnerable se volvería. Pero de pronto el mundo se le vino encima y su partido le exige que se entregue ante la justicia estadounidense. Tarde o temprano, pagará por sus crímenes: sus seguros de impunidad no le servirán.

Otros poderosos han creído también que a mayor intercambio de encubrimientos, a más complicidades y a más atrocidades, más posibilidades tendrían de prolongar el goce del poder y que aún en caso de perderlo, se mantendrían impunes. Eso creyeron Alberto Fujimori y su operador Vladimiro Montesinos, a quienes lo peruanos veían como un alternativa cruel pero necesaria ante el terrorismo apocalíptico de Sendero Luminoso.

Pero cuando los peruanos descubrieron que la mitad de de las 70 mil víctimas de la violencia en Perú eran personas inocentes, asesinadas por el propio gobierno, todo cambio. Por eso hoy Fujimori y Montesinos están en la cárcel y morirán tras las rejas.

En México tres cuartas partes de los ciudadanos rechazan la política del gobierno federal, a la cual suponen responsable de más de 70 mil muertes y ese rechazo se hará valer en las urnas el 1 de julio.

Pero es difícil esperar que ese repudio se limite al abrumador voto de castigo. Hay demasiados y muy dolidos agraviados por esta política desastrosa, como para suponer que todo quedará en simple derrota electoral y que los responsables ser irán tranquilamente a sus casas o seguirán moviendo los hilos.

Los responsables pagarán, sin importar cuanta impunidad crean estar comprando ahora...