La impunidad como determinante del aumento de la violencia y el crimen

Existen tres razones básicas por las cuales los individuos deciden cumplir la ley y no delinquir.

La primera y más primitiva es el temor al castigo. En esta motivación él otro no importa y prevalece un cálculo puramente egoísta sobre las consecuencias de ser descubierto y atrapado.

El segundo móvil es una reflexión más sofisticada acerca de cómo las acciones criminales que un individuo comete pueden terminar por revertírsele, regresar contra él en una suerte de boomerang, según una visión de “ecología social”. Aquí el temor no es al castigo que pueda ejercer una autoridad pública, sino la previsión de que los demás puedan cometer actos criminales e ilegales contra el individuo o contra sus allegados, si él los ejerce contra los demás. Sigue habiendo una motivación egoísta pero es un paso adelante con relación al móvil primeramente referido.

El tercer motivo para no delinquir es la convicción de que los demás tienen derechos y deben ser respetados, independientemente de las consecuencias (castigo o “efecto boomerang”) Se trata de un reconocimiento y apertura a la otredad, de una actitud empática y verdaderamente civilizada.

En realidad son muchas las personas en quienes pesa esa última motivación en la diaria confección de sus decisiones morales, ya sea que su convicción provenga de una reflexión más o menos elaborada o de la intuición.

Sin embargo, no puede ser subestimado el peso social de aquellas personas en quienes lo único que puede inhibir las conductas criminales es el temor al castigo.

Por eso, un factor decisivo (que no único) para prevenir y controlar al crimen es desarrollar y mostrar eficacia en la persecución del delito, pues la impunidad ha sido un poderoso estímulo para el crimen. Cuando más delitos van quedando impunes, más lejos están dispuestos a ir quienes los han cometido y hay más individuos propensos a emprender carreras criminales.

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