Los encapuchados de México

A los mexicanos al parecer nos gusta cubrirnos el rostro. Las máscaras de luchadores se han convertido en elementos distintivos de nuestra cultura contemporánea. El subcomandante Marcos alcanzó fama mundial en parte porque aparecía siempre oculto por un pasamontañas. Hoy el nuevo signo de distinción en los actos de protesta es cubrirse la cara con una pañoleta o con una capucha.

Los encapuchados se han convertido en los nuevos protagonistas de la vida pública de nuestro país. Secuestraron autobuses en distintos puntos de la República para dirigirse a la Ciudad de México donde participarían en la manifestación de manifestaciones del día de la Revolución, en la marcha que debía encender una nueva revolución para derrocar al presidente Enrique Peña Nieto.

Desde temprano los encapuchados participaron hombro con hombro en los bloqueos y las marchas. "Vivos se los llevaron, vivos los queremos", gritaban. Como suele ocurrir, los encapuchados son compañeros de los manifestantes durante la jornada, aunque al final a veces se transforman en "infiltrados del gobierno".

Al mediodía grupos de encapuchados bloquearon el Circuito Interior de la Ciudad de México a la altura de Oceanía. Buscaban cerrar los accesos al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Según comerciantes de la zona, realizaron saqueos. Pero además arrojaron piedras y cocteles molotov a los policías, que posteriormente los encapsularon y detuvieron a algunos. Los manifestantes se quejaron de violaciones a sus derechos humanos.

Los encapuchados han bloqueado y tomado cotidianamente las casetas de pago de la Autopista del Sol y de otras carreteras. Es muy buen negocio. Capufe se niega a divulgar las pérdidas, pero sólo a través de las casetas de la México-Cuernavaca pasan unos 50 mil automóviles diarios. Si los encapuchados cobran 50 pesos a cada uno, pueden obtener ingresos de hasta 2.5 millones de pesos diarios. Por eso estamos viendo tantas tomas de casetas.

Los encapuchados roban también autobuses y vehículos de reparto. Muchas veces los queman. Han saqueado también supermercados e incendiado oficinas de gobierno y de partidos políticos.

Cubrirse el rostro es, supongo, una manera de protegerse. Muchos de quienes participan en las protestas dicen que tienen miedo de ser identificados por la policía. Afirman que los agentes de seguridad del Estado buscarán detenerlos o hacerles daño por ejercer su legítimo derecho a la protesta.

Pero al cubrirse el rostro los activistas evitan también que se les identifique si cometen actos delictivos. La máscara permite afirmar que si alguien comete un abuso en una marcha no es un manifestante sino un infiltrado del gobierno. No hay forma de demostrar lo contrario.

En las últimas semanas he escuchado voces que exigen que se prohíba la participación de encapuchados en manifestaciones u otros actos de protesta. Entiendo las razones, pero veo poco probable que algo así se pueda legislar.

La experiencia nos dice, por otra parte, que aunque se emita una prohibición, los manifestantes en México simplemente no la respetarán y la policía no la aplicará. Recordemos que en México la ley ya prohíbe los ataques a las vías de comunicación. En el Distrito Federal, por otra parte, el bando 13 promulgado por Andrés Manuel López Obrador prohibió las manifestaciones y bloqueos en vías primarias, pero López Obrador fue el primero en violar el bando.

Habrá que acostumbrarnos a los encapuchados, así como nos habituamos al pasamontañas del Sub o a las máscaras de nuestros luchadores. Nos saldrá caro, sobre todo si los embozados insisten en cometer delitos al amparo de una capucha. Pero ni siquiera el Chapulín Colorado podrá rescatarnos.