Las ruinas del PRD

El Estado comienza en la Presidencia de la República y termina en el más humilde de los presidentes municipales. Por ello, es propio decir que los crímenes cometidos en Iguala, hayan tenido o no un explícito propósito de represión política, fueron un crimen de Estado que daña irremediablemente al PRD, quien postuló y respaldó como alcalde a un criminal ligado al narcotráfico.

Ello no quiere decir que ninguno de los tres poderes de la Unión sea culpable, pero es un crimen de Estado cuya responsabilidad es compartida."

Algunos de los analistas indignados por la suerte de los normalistas de Ayotzinapa hablan de "crimen de Estado" omitiendo señalar al PRD como principal responsable, aun sea por dolosa omisión. Les avergüenza, pero no lo dicen, que por primera vez en su historia, la izquierda mexicana participe de un presunto asesinato colectivo de esa magnitud.

Mientras que los crímenes cometidos durante el largo primer imperio del PRI son del dominio público (aunque durante sus doce años de travesía a los priistas no los despeinó la brisa, pues no la hay en el desierto, de la autocrítica) y la historia de la guerras narcas de Calderón, cuya legitimidad algunos defendimos, deberá todavía escribirse con veracidad y para probable infortunio del PAN, al PRD le ha tocado, al fin, su ración de verdadera infamia, más allá de los pecadillos y corruptelas habituales en todos los sistemas de partidos.

En las últimos días, Cuauhtémoc Cárdenas le ha pedido su renuncia a la gerencia en funciones del PRD, muda y desacreditada por haber ignorado las denuncias sobre la clase de energúmenos, marido y mujer, que se enseñoreaban sobre Iguala. Me temo que el asunto es más serio. Es histórico.

El PRD fue fundado en 1989 como resultado de una emergencia electoral donde un puñado de disidentes del PRI aparecieron para enseñarle a la vieja izquierda el arte de la victoria. En ese momento se abandonó el aprendizaje de los valores del socialismo democrático que apenas iniciaban, entre otros, los comunistas mexicanos.

El PRD le dio vida artificial y póstuma al repertorio obsoleto de la Revolución mexicana, con su estatismo económico, su autoritarismo caciquil, sus dogmas petroleros del orden religioso, su pragmatismo ramplón alérgico al debate intelectual.

Por eso los Martínez Verdugo, los Rincón Gallardo, los Bartra, los Woldenberg, fueron ignorados por ese partido o lo desdeñaron. El resto lo logró la hegemonía del populista López Obrador sobre el PRD, del cual se hartó. Al poner casa propia, el dictadorzuelo los dejó en la calle.

Las llamadas "candidaturas externas" son una pesca milagrosa que casi siempre sale mal pues exhibe partidos sin educación política ni paciencia militante. Deberían limitarse severamente.

Que Aguirre Rivero o Abarca hayan sido candidatos del PRD es un mal cálculo y es una tragedia, pero también la consecuencia lógica de la fatal alergia de nuestra izquierda frente al liberalismo que debe haber en el socialismo, heredera (Octavio Paz dixit) de lo peor de las vetustas y sangrientas revoluciones mexicana y rusa.

Medio siglo se tardó la socialdemocracia alemana en asumir su responsabilidad en el asesinato de Rosa Luxemburgo y los espartaquistas en 1919 y sólo así pudo gobernar con buena conciencia. Es de esperarse que el PRD se tarde más, por desgracia.

Acaso haya algunos perredistas prestos a renunciar indignados por la noche de Iguala y por su larga y oprobiosa gestación; ojalá, algunos otros, contritos, escriban un examen de conciencia y lo hagan circular.

Ante su ruina moral e intelectual, bien haría el PRD en cambiar su visión del crimen global y proponerse desechar también otro par de antiguallas mexicanas: nuestro federalismo decimonónico y el municipalismo obsoleto de la Constitución de 1917.

No es fácil que lo hagan, dada la fobia de los perredistas por la crítica histórica. Prefieren los mitos. En cuanto a por qué las izquierdas marchan sólo contra el Estado y no contra los criminales, ése es otro tema. Muy denso.