La gran mascarada

En “La gran mascarada” (2000), el filósofo francés Jean François Revel analizó la reacción que tuvo la izquierda en el mundo ante el colapso de la Unión Soviética.

Explicó en su obra que si la izquierda hubiera actuado con elemental honestidad intelectual, después de una inmisericorde autocrítica habría sacado la única conclusión lógica: el socialismo no sirve; de hecho es el peor sistema que la humanidad haya padecido.

Los regímenes del socialismo real no sólo asesinaron a más de 100 millones de personas en el siglo XX, sino que sumieron en la opresión y la miseria a los que no asesinaron. Y no era que en algo se hubiera errado en la aplicación de la ideología socialista: la ideología es la que está mal y sólo puede engendrar monstruos.

Pero en lugar de la autocrítica, lo que la izquierda hizo fue montar una mascarada: condenar al capitalismo, en particular a la caricatura que inventó y tildó de “neoliberalismo”.

Por eso y porque los no izquierdistas no cremaron el cadáver del comunismo, es que éste se puso en pie y ahí está, otra vez, causando estragos, ahora por medio continente.

Tras los hechos de Iguala, México vive un momento muy difícil, Y ¿a quién se lo debemos? ¡A la izquierda! Seis personas fueron asesinadas y 43 desaparecidas por órdenes de un alcalde de izquierda, quien fue solapado por un gobernador de izquierda y los dirigentes de los dos principales partidos de izquierda (el PRD y MORENA).

Energúmenos profesionales que se reclaman más radicales que los de esos partidos, ahora buscan incendiar –literalmente- al país supuestamente indignados por los hechos del 26 de septiembre. Pero no apuntan su ira contra sus hermanos izquierdistas responsables de la atrocidad, sino contra ciudadanos inocentes y contra el gobierno del Presidente Peña, al que buscan derribar.

Estamos ante una mascarada tan taimada como peligrosa, agravada por un gobierno estupefacto, que renuncia a sus obligaciones y que cree que si cede ante los violentos, ellos lo van a perdonar. Ya decía Maquiavelo que la ventaja del engañador es que el engañado quiere serlo. El problema es que nos esté arrastrando en su caída.

La tarea de los ciudadanos es, entonces, resistir a esta trampa, con todas nuestras fuerzas.