La detención de El Chapo es un logro indiscutible del gobierno de Peña Nieto. Guzmán se había convertido en un delincuente emblemático. Lo mismo aparecía en Forbes, con una fortuna de mil millones de dólares, que la ciudad de Chicago lo declaraba "Enemigo Público Número Uno".

Pero además, la fuga de El Chapo en 2001, primer año de la alternancia, y el hecho de que no fue capturado ni por Fox ni por Calderón, le añade una dimensión política. Su detención se efectúa en el segundo año del regreso del PRI a Los Pinos.

Para Peña Nieto, esto representa un plus adicional. Porque durante la campaña por la presidencia de la República se rumoraba, particularmente en círculos estadounidenses, que el PRI pactaría con el crimen organizado.

Sobra señalar que la DEA y la Casa Blanca están de plácemes. Y que los bonos de Peña Nieto del otro lado de la frontera se fueron arriba. No sorprende, en consecuencia, que el propio presidente de la República se haya ufanado de la detención y afirme que la estrategia contra el crimen organizado es correcta y efectiva.

Todo esto coincide con un incremento enorme de los índices del secuestro y con la implementación a paso de tortuga del mando único de las policías en los estados. Amén que la Gendarmería Nacional no ha entrado en operaciones y lo hará con apenas 5 mil efectivos.

Dicho de otro modo, es en el plano de la seguridad y el combate a la delincuencia donde los resultados de los 15 meses del nuevo gobierno son magros o nulos. El compromiso asumido durante la campaña -reducir los delitos de alto impacto en 50 por ciento en el primer año de gobierno- ha quedado definitivamente archivado.

Por eso la detención de El Chapo se ha convertido en un gran respiro para el gobierno de Peña Nieto. Pero hay hechos innegables. La guerra contra el crimen organizado, durante el sexenio de Calderón, dejó lecciones que no se deben olvidar.

Primera lección: no todos los cárteles son iguales; hay algunos que son mucho más peligrosos que otros para la población en general.

La mejor definición de esta diferencia la dio el propio Guzmán al ser interrogado en el avión que lo trasladaba a la Ciudad de México. A pregunta expresa sobre La Tuta y Los Templarios respondió: "Son unos rateros mugrosos". "Yo soy un narcotraficante. Yo no secuestro, ni robo, ni extorsiono, ni nada de eso".

En el mismo sentido se puede citar la declaración de El Jabalí, jefe de plaza en Sonora, detenido en febrero de 2010: "Un día hablé por teléfono con él (El Chapo)... Me dijo que todo (estuviera) en paz, que se portara uno bien, que en esa área no se permitía que nadie cobrara por la plaza, secuestrara, robara ni asaltara, que a la gente que hiciera eso había que sacarla".

El Cártel de Sinaloa ha causado mucho menos daño a la población que Los Caballeros Templarios y Los Zetas. Los problemas de Sinaloa, que son reales y serios, no se pueden comparar, ni remotamente, con la forma en que Los Templarios asolaron Michoacán.

Por otra parte, en política no cuentan las buenas intenciones, sino las consecuencias de las acciones. En términos inmediatos, la caída de Guzmán permite imaginar dos escenarios: uno, El Mayo Zambada asume el liderazgo y el cártel mantiene su cohesión. Otro, el cártel se divide, debilita, y se produce un reacomodo de fuerzas, tanto al interior como al exterior.

Reacomodo que podría significar el fortalecimiento de otros cárteles con prácticas más violentas contra la población en general. Como ejemplo del segundo escenario está Guadalajara. La muerte de Ignacio Coronel (julio, 2010) generó mayor violencia e inseguridad en una ciudad que, hasta ese momento, gozaba de relativa calma.

Adicionalmente, hay que vacunarse contra las falsas expectativas. La detención de El Chapo parecería confirmar que la estrategia de la prohibición sí puede ser efectiva. Pero eso es completamente ilusorio. Mientras el mercado de las drogas continúe generando enormes utilidades no habrá forma de contener a los delincuentes.

La película de la detención de los grandes capos se ha repetido una y otra vez. La lista de los capturados va de Miguel Ángel Félix Gallardo a El Chapo, pasando por Don Neto, El Señor de los Cielos y un largo etcétera. Pero el tráfico de drogas no ha disminuido ni ha dejado de ser un gran negocio.

Por último, la segunda lección que nos dejaron los 70 mil muertos del pasado sexenio jamás se debe olvidar: las prioridades de la DEA y del gobierno de EU no pueden ni deben ser las de México. La distancia entre Chicago y Michoacán es de 3 mil 337 kilómetros, ni más ni menos.

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