En muchos sentidos, el Presidente Felipe Calderón libra una guerra solitaria. Se está enfrentando a décadas de corrupción, el ejército del país no está bien entrenado y numerosas autoridades, y la mayor parte de la élite mexicana, no comparten el sentido de urgencia.

Algunos acusan al mandatario de falta de liderazgo. Durante sus tres primeros años en el poder, Calderón visitó Ciudad Juárez, la capital del combate contra el narcotráfico, en apenas dos ocasiones. Eso cambió después de enero, cuando un grupo de sicarios irrumpió en una fiesta y asesinó a 15 adolescentes. Calderón cometió un error al decir que las víctimas eran parte de los carteles, lo que desató las críticas en todo el país. Desde entonces, ha vuelto tres veces a Juárez.

"La gente en Colombia, entre los que me incluyo, cree que los mexicanos se niegan a ver lo evidente", dice un ex alto funcionario de Defensa de Colombia. En su opinión, aunque la violencia relacionada al narcotráfico aún no ha alcanzado el nivel que le tocó vivir a Colombia en los años 90, el legado de corrupción de México dificultará cualquier solución.

Calderón, el menor de cinco hermanos, fue criado por un padre que libró su propia batalla quijotesca.

Luis Calderón compitió seis veces en elecciones contra el PRI y siempre perdió. Finalmente, ganó un escaño en su séptimo intento, en 1979. La educación política de Calderón comenzó a los seis años, cuando ayudaba a sus hermanos a colgar carteles de la campaña de su progenitor. Después de graduarse de derecho y obtener una maestría en economía, se convirtió, con 33 años, en el líder más joven del PAN.

Sus amigos lo califican como un presidente nacionalista y patriota, amante de las baladas sentimentales. Hace poco, el cantante español Joaquín Sabina dijo ante la prensa que la decisión de Calderón de lanzar una guerra contra las drogas había sido ingenua. El presidente lo invitó a almorzar. Intercambiaron puntos de vista, se tomaron unos tequilas y terminaron cantando acompañados de un grupo de mariachi.

Algunos aseguran que después de derrotar por un pelo a Andrés Manuel López Obrador en las elecciones de 2006, Calderón buscó un proyecto espectacular para arrancar su mandato, siguiendo el ejemplo de Carlos Salinas de Gortari, que tras ganar unas disputadas elecciones en 1988 encarceló a un poderoso líder sindical.

"Creo que hizo esto por razones que no tienen nada que ver con la violencia o las drogas, sino con la vieja tradición mexicana de estrenar un mandato de seis años con un golpe", dice Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de Vicente Fox, el predecesor de Calderón. Castañeda agrega que la presión sobre los carteles de narcotráfico empeoró la situación, ya que éstos empezaron a atacar a sus rivales para compensar por la pérdida de ganancias, lo que se tradujo en más violencia.

Enrique Krauze, un prominente historiador mexicano, apoya la guerra, pese a sus dudas sobre la estrategia y el momento elegido para lanzarla. "Cada guerra tiene a sus pacifistas, con su lema 'más vale rojo que muerto'. Nuestra versión son los que piensan 'mejor narco que muerto'. Pero están equivocados. Calderón tuvo razón en atacar esto".

La violencia ligada al narcotráfico empezó a agravarse en México unos años después de que Fox ganara las elecciones presidenciales de 2000. Con el ocaso del sistema del PRI de un presidente fuerte, México sufrió un vacío de poder, que fue llenado por gobernadores estatales, líderes sindicales, las grandes empresas y los carteles de drogas.

La idea de que México se demoró demasiado en enfrentarse a las bandas de narcotraficantes fue respaldada recientemente por una fuente sorprendente: un importante capo de la droga. Ismael Zambada le dijo a la revista Proceso que el gobierno había esperado demasiado y que "el narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción".

Calderón, en todo caso, asegura que el país se está concentrando más en la inteligencia y, como ejemplo, cita el caso del capo de la droga Arturo Beltrán Leyva, al que la Secretaría de Marina dio muerte en diciembre.

Edgardo Buscaglia, un académico uruguayo-estadounidense, afirma que los países que se enfrentaron con éxito al crimen organizado, como EE.UU., Italia y Colombia, contaban con cuatro elementos clave: un sistema judicial que funcionaba bien, un asalto a los activos de los narcotraficantes, un ataque contra la corrupción política de alto nivel y un programa para socavar el lado débil del narcotráfico a través de la educación y las oportunidades de trabajo.

Sin estos ingredientes, asegura Buscaglia, cualquier ataque contra el crimen organizado resultará en un incremento de la violencia, a medida que los traficantes dedican más recursos a la corrupción y a combatir a sus rivales.

Basta con echarle un vistazo al sistema judicial de México para darse cuenta de que es decrépito.

El gobierno de Calderón anunció con bombos y platillos el arresto de más de 70.000 personas ligadas al crimen organizado en los últimos tres años. Pero Buscaglia calcula que 98% de éstos vuelven a estar en libertad por culpa de un sistema judicial ineficiente y la corrupción.

El año pasado, las fuerzas armadas arrestaron a 10 alcaldes en Michoacán por presuntos lazos con una banda local de narcotraficantes. Desde entonces, los 10 han sido liberados por falta de pruebas en su contra.

Otra área en el que México está rezagado es el ataque contra las finanzas de los carteles. El banco central estima que cerca de US$15.000 millones, en efectivo, ingresan a la economía mexicana al año. Aunque el turismo puede representar parte de esta cifra, los expertos creen que buena porción es dinero proveniente del narcotráfico.

Calderón no dispone de mucho tiempo para mostrar avances antes de que la violencia erosione el apoyo del público.

Algunos políticos, como el jefe de Gobierno del Distrito Federal, o Ciudad de México, Marcelo Ebrard, ya han sugerido que si ganan las elecciones presidenciales de 2012, cambiarán las políticas de seguridad de Calderón.

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