Diez días después de asumir la presidencia tras las disputadas elecciones de 2006, Felipe Calderón se sentó en la silla presidencial y firmó el decreto que definiría su mandato : una orden para desplegar 6,000 soldados en su estado natal de Michoacán para combatir las bandas de narcotraficantes.

Al igual que muchos, el mandatario asumía que el ejército tendría problemas para enfrentar a los carteles de drogas, pero creía que al menos lograría sacarlos de las calles y obligarlos a retirarse a un plano más discreto.

Tres años después, más de 23,000 personas han perdido la vida en México, víctimas de la violencia relacionada a las drogas, según cifras oficiales. Pese a la presencia de entre 45,000 y 60,000 soldados, en torno a una cuarta parte del ejército del país, en nueve estados, el derrame de sangre no ha hecho sino aumentar.

Calderón, de 47 años, empieza el miércoles su primera visita de Estado a Washington como el líder que dio el puntapié inicial a una batalla que desembocó en una guerra cuyas repercusiones afectarán a México durante muchos años. Las encuestas indican que aunque los mexicanos apoyan la guerra del presidente, la mayoría también piensa que los narcotraficantes la están ganando.

En las últimas semanas, un grupo de hombres armados irrumpió en un hotel en Monterrey y sacó a los huéspedes de sus habitaciones. Las bandas criminales también han bloqueado las autopistas que salen de Monterrey, el centro neurálgico de los negocios del país. Entre las víctimas de la guerra figuran un novio en el día de su boda, un niño de 12 años y su madre y numerosos adolescentes.

La guerra contra el narcotráfico también está llegando cerca del propio Calderón. Diego Fernández de Cevallos, una de las figuras más prominentes del Partido Acción Nacional (PAN), el partido de Calderón y ex candidato presidencial, desapareció el fin de semana pasado y se sospecha que fue secuestrado. Algunos creen que el presunto secuestro constituye una advertencia para Calderón.

Tratamiento severo

En una entrevista, el Presidente Felipe Calderón reconoce que los narcotraficantes son mucho más fuertes de lo que pensó, en gran parte porque sus predecesores dejaron que el problema siguiera creciendo en lugar de atacarlo. Comparó su posición a la de un médico que, en medio de una operación de apendicitis, descubre que el paciente tiene cáncer. En ese momento, dice Calderón, un doctor responsable emprende un tratamiento más agresivo.

"Pero nunca falta algún paciente que diga 'oye, este doctor es malísimo. Yo antes de ir a verlo estaba muy bien, sólo me dolía el estómago y ahora me siento mucho peor y me he quedado calvo por las radiaciones'", señala Calderón. "El problema no es el médico, el problema es el paciente, que tardó un buen tiempo para ir al médico", asevera.

Sus detractores acusan a Calderón de lanzar la guerra contra el narcotráfico para ganar credibilidad tras una victoria tan estrecha y de concentrarse demasiado en la fuerza bruta del ejército en desmedro del trabajo de inteligencia y una estrategia para socavar las finanzas de los carteles. También dicen que se ha rodeado de un equipo que, si bien leal, es poco efectivo y le impide cambiar de táctica con la suficiente rapidez.

Manlio Fabio Beltrones, senador del Partido Revolucionario Institucional (PRI), compara a Calderón con el propietario de una casa nueva que llega y se encuentra con un panal de abejas. "Empieza a golpearlo con una escoba sin pensarlo demasiado. Y ahora su casa está llena de abejas furiosas", dice Beltrones.

Para sus partidarios, entre los que figura el gobierno de Estados Unidos, Calderón es un héroe. Desde 1980 en adelante, todos los presidentes mexicanos prometieron ocuparse del tráfico de drogas, pero el abogado es el primero que ha convertido esta lucha en su prioridad. El presidente Barack Obama lo llama el Eliot Ness de México.

Sin embargo, para alguien que se juega su país y su legado a su triunfo frente a los narcotraficantes, el líder mexicano asegura que no le vendría mal más ayuda por parte de EE.UU., el mayor consumidor de drogas ilegales del mundo.

Calderón alabó la reciente iniciativa de Obama para reducir la demanda de estupefacientes. Sin embargo, también resaltó la correlación entre el aumento de la violencia vinculada al narcotráfico en México y la expiración, en 2004, de la prohibición a la venta de armas de asalto en EE.UU. México ha incautado alrededor de 45.000 armas de asalto durante la gestión de Calderón, la mayoría contrabandeadas desde EE.UU.

"Respeto la Segunda Enmienda de la Constitución americana", dijo Calderón. "Pero la verdad es que esas armas no están yendo a las manos de los buenos americanos, están yendo directamente a las manos de los criminales", manifestó.

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