Joaquín Guzmán, según él mismo, es una víctima del sistema, quien para salir de la pobreza no tuvo otra opción que la del narcotráfico.

Por eso es que Guzmán se volvió objeto de culto de izquierdistas especialmente desquiciados como Sean Penn y Kate del Castillo.

Desde inicios del siglo XX, particularmente a partir de la obra “Criminalidad y condiciones económicas” (1916), del socialista holandés Willem Bonger, en la izquierda la concepción dominante ha sido que la delincuencia es el fruto del sistema capitalista y la única manera de erradicarla es mediante el socialismo.

Pero si por el momento no es posible establecer este sistema, entonces la delincuencia se puede cuando menos mitigar con “políticas sociales”, cuyo engendro es el “Estado de bienestar”.

A la izquierda nunca le importó que los hechos negaran su concepción. En los países socialistas la criminalidad común se mantuvo pese a que se le ocultó. Y eso para no hablar de que los gobiernos socialistas cometieron los peores crímenes en la historia de la humanidad. Asimismo en los países en los que se aplicaron las políticas del “Estado de bienestar” tampoco la criminalidad se desplomó. La baja en el nivel de violencia en los países desarrollados nada tiene que ver con esas políticas, sino con la vigencia del estado de derecho y una policía más o menos eficaz.

Pero pese al fracaso de más de un siglo de la etiología socialista del crimen y las políticas criminales socialistas, no sólo la izquierda las sigue reivindicando sino además la mayoría de los integrantes de las clases políticas del mundo. En México el apoyo a estas aberraciones casi es unánime.

Todos los partidos políticos, desde MORENA hasta el PRI, comparten el mismo discurso de El Chapo y si fueran consecuentes deberían liberar y pedir disculpas quien ha sido el agente más activo de la violencia en México a partir de 2008, quien desató “guerras” para conquistar Tijuana o Juárez.

Compartir la misma visión del mayor criminal de México, no puede ser más revelador de la miseria ideológica de la clase política mexicana.

Por supuesto el mayor asesino en masa que ha padecido el país no debe ser perdonado, como tampoco sus encubridores y propagandistas como Penn y Del Castillo.

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