Este fin de semana se congregó un grupo grande de personas ataviadas con camisas blancas y portando banderas para un mitin con el que las Farc —la que alguna vez fue la guerrilla más grande del país— lanzaron oficialmente una campaña presidencial.

Mientras, en un puerto al norte del país, estallaron las bombas de otro grupo rebelde. Siete policías fallecieron y más de cuarenta resultaron heridos por ataques que fueron parcialmente reivindicados por una facción del Ejército de Liberación Nacional.

Las escenas contrastantes del fin de semana dejan en claro los retos que aún enfrenta Colombia en su camino hacia la paz. Mientras que las Farc, ahora Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, firmaron un acuerdo de paz con el gobierno para ingresar a la política, los integrantes del ELN se han atrincherado en su postura de luchar con armas.

Después de los ataques, el presidente Juan Manuel Santos anunció que las negociaciones que se libraban con el ELN en Ecuador para un posible acuerdo serían suspendidas.

“Mi paciencia y la paciencia del pueblo colombiano tienen sus límites”, dijo durante un mitin en La Palma. Santos dijo que no se retomaría el diálogo con el ELN “hasta no ver coherencia entre sus palabras y sus acciones”.

Para los colombianos fue tan solo una nueva mala noticia en cuanto a las posibilidades de la paz. A principios de enero los integrantes del ELN indicaron que no retomarían un cese al fuego bilateral y ahora muchos temen que haya más ataques.

“Creo que se avecinan varias semanas de derramamiento de sangre innecesario en Colombia”, dijo Adam Isaacson, analista de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos.

Isaacson recordó una situación similar en el 2015 cuando las Farc mataron a once soldados durante el proceso de negociación de paz y se desató una ola de violencia.

Muchos colombianos afirman que ponerle fin al conflicto con el ELN será un reto aún mayor que lo que fue hacerlo con las Farc.

El Ejército de Liberación Nacional, organización marxista-leninista fundada en los años sesenta, es más ideologizada que las Farc y se considera menos jerárquica; las facciones a veces actúan de manera autónoma incluso pese a objeciones de comandantes.

Algunos de estos se han sumado al diálogo, pero otros rechazan abiertamente cualquier tipo de negociación. Todos parecen estar cada vez más desesperados en mantener su lucha en un conflicto que los analistas desestiman puedan ganar.

“El ELN parece estar perdido, incluso atrapado, con opciones limitadas; eso los hace tomar acciones erráticas en direcciones distintas”, dijo Kristian Herbolzheimer, quien estudia el grupo como parte de Conciliation Resources, asociación de la sociedad civil enfocada en la reducción de conflictos.

Ese desorden quedó evidenciado después de los bombardeos del fin de semana.

Eso marca un contraste con las Farc como partido político, que se mostraron unidos detrás del excomandante Rodrigo “Timochenko” Londoño, quien lanzó oficialmente su candidatura presidencial en un barrio bogotano.

Es muy poco probable que Londoño, a quien Estados Unidos ha acusado por cargos de narcotráfico, avance más allá de la segunda vuelta de la elección de mayo, pero en su campaña ha querido hacer énfasis del compromiso de las Farc con la paz.

Muy pocos políticos respaldan abiertamente los acuerdos de paz, que siguen siendo tema contencioso entre los colombianos desde que se empezaron a debatir, como quedó evidenciado con el referendo de 2016 en el que rechazaron el pacto inicial. Y dado que el mandato de Santos termina en unos meses parece cada vez menos probable que el próximo gobierno asuma las negociaciones con el ELN.

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