Efectivamente, hay un mal humor social. La gente está molesta. Hay cuestionamientos constantes a las autoridades. La popularidad del mandatario está en 30 por ciento, uno de los niveles más bajos de la historia para un Presidente mexicano.

Enrique Peña Nieto considera injusta esta apreciación: "Hay muchas razones y muchos argumentos para decir que México está avanzando, que México está creciendo en distintos ámbitos, en distintos espacios...". Pero el ánimo de la nación es una realidad que puede afectar decisiones empresariales y familiares.

El Presidente atribuye este mal humor social a "algunas notas, columnas y comentarios que recojo de aquí y de allá", como dijo en el Tianguis Turístico de Guadalajara. Los columnistas y comentaristas, sin embargo, nunca han tenido el poder de modificar de esta manera el ánimo social y no hay razón para suponer que hoy lo puedan hacer.

De hecho, hoy más que nunca el gobierno debería tener la oportunidad de generar un ánimo positivo entre los ciudadanos. La radio y la televisión abierta han sido obligadas a reservar tres minutos de tiempo cada hora, cuatro minutos durante campañas, para celebrar el buen trabajo de los políticos. Las mismas emisoras, en ánimo de quedar bien con el poder, ofrecen diarias notas positivas sobre el Presidente y los gobernadores.

El problema es que estas notas, como la propaganda política en spots, se han convertido en simple ruido ambiental. Nadie les hace caso. Al contrario, generan más escepticismo y nutren el mal ánimo. Las redes sociales, por otra parte, se han convertido en una fuente constante de críticas que hacen que la cobertura positiva en medios no tenga efectos.

El movimiento de Ayotzinapa ha tenido un impacto en la actitud social. Muy mal deben haberse manejado las cosas para que unas decisiones tomadas por un gobierno municipal del PRD hayan terminado por afectar la imagen presidencial. Ahora la ONU, el New York Times, Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Washington acusan al gobierno federal de encubrimiento o incluso de complicidad.

La pérdida de popularidad del Presidente, sin embargo, parece deberse más a la Casa Blanca. La experiencia nos dice que la impresión de deshonestidad personal afecta más que cualquier otro factor a un mandatario mexicano. Quizá el Presidente no haya cometido ningún acto de corrupción, pero el simple conflicto de interés ha sido suficiente para deteriorar su imagen pública.

El Presidente tuvo mucho éxito en un principio para convencer a la población de que los problemas de inseguridad del sexenio de Felipe Calderón habían quedado atrás. La preocupación por la inseguridad, sin embargo, se ha vuelto dominante una vez más.

La economía también duele. Si bien el país está creciendo, bastante más que muchos de Latinoamérica, la expansión de 2.5 por ciento anual no se está sintiendo en los bolsillos. Esta falta de satisfacción económica personal es siempre uno de los principales factores de insatisfacción de una comunidad.

Peña Nieto no es el único mandatario con problemas de popularidad. En el mundo entero hay una actitud cada vez más hostil hacia los gobernantes. Por eso Donald Trump se convirtió en una opción política en Estados Unidos, por eso los partidos políticos no pueden formar gobierno en España, por eso Dilma Rousseff está a punto de ser derrocada en Brasil.

En México el rechazo al Presidente y al sistema político ha permitido a Andrés Manuel López Obrador convertirse nuevamente en puntero de la carrera presidencial. El mal humor social podrá descartarse como un simple malestar surgido de la mala leche de columnistas y comentaristas. Pero las consecuencias políticas pueden ser profundas.

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